MUESTRA LITERARIA OFICIAL

Primer encuentro

Un lugar llamado Nicklefleak

Una misión sellada. Dos compañeros. El comienzo de una travesía.

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«El comienzo de tu camino puede ser el primer paso de un grandioso destino».

William Merringer

Las campanas de Omaken comenzaron a sonar cuando el sol apareció entre las nubes.

Una.

Dos.

A la tercera, nadie volvió a hablar.

Desde la explanada podía ver una parte de Nicklefleak extendiéndose bajo nosotros: casas levantadas entre las laderas, caminos que descendían hacia los llanos y, mucho más lejos, las montañas donde las minas de Vankioq abrían heridas plateadas en la piedra.

Más allá de todo aquello se encontraba el mar.

Y sobre el horizonte, como cada día desde que podía recordar, las tormentas.

Rodeaban la isla formando una muralla oscura que muy pocos barcos se atrevían a atravesar. Durante casi todo el mes parecían recordarnos que el resto de Tidal existía únicamente detrás de ellas.

Pero aquel día no podía dejar de mirarlas.

Dentro de poco tendría que cruzarlas.

—Merringer.

Enderecé la espalda.

El muchacho que se encontraba a mi lado contuvo una sonrisa.

—Si sigues mirando el horizonte, Crucious va a pensar que pretendes marcharte antes de que termine la ceremonia.

—Esa es la idea.

—Preferiblemente después de que nos permita hacerlo.

No tuve oportunidad de responder.

El Maestre Crucious acababa de aparecer.

Las conversaciones terminaron sin necesidad de una orden.

Caminaba frente a los aspirantes Ardatar con las manos detrás de la espalda. Era un hombre alto, de piel oscura y cabeza afeitada. Sobre las ropas azul profundo llevaba una armadura ligera y, alrededor de la cintura, un cinturón cuya hebilla representaba las fauces de un león.

No necesitaba levantar la voz para conseguir nuestra atención.

Al otro extremo de la explanada apareció Agnes Tra’anem.

Los aprendices de Sanari se ordenaron casi inmediatamente detrás de ella.

Su gabardina clara, adornada con detalles dorados y azul marino, llevaba sobre el pecho la figura de un cordero. El cabello oscuro permanecía recogido detrás de su cabeza y una franja gris atravesaba uno de sus lados.

Agnes sonreía.

Aquello no significaba que estuviera menos atenta que Crucious.

Las familias aguardaban alrededor de la explanada. Algunas hablaban entre ellas; otras permanecían tan cerca de sus hijos como las reglas de la ceremonia permitían.

Había visto aquella despedida muchas veces.

Cada cierto número de años, Omaken enviaba nuevos Andantes fuera de Nicklefleak. Algunos regresaban. Otros encontraban un lugar en los reinos que visitaban y no volvían a establecerse en la isla.

Hasta entonces siempre los había observado partir.

Aquella mañana me encontraba entre ellos.

Busqué nuevamente las tormentas.

—Todavía no se han abierto —dijo el mismo muchacho.

—Lo harán.

—Espero que tengas razón.

Yo también.

Crucious se detuvo frente a nosotros.

Al otro lado de la explanada, Agnes hizo lo mismo.

Éramos dos grupos que habíamos compartido cinco años de entrenamiento sin entrenar realmente juntos.

Los Sanari habían aprendido a sanar.

Nosotros, a protegerlos.

Al menos ésa era la explicación sencilla.

—Hoy dejarán de practicar con personas que saben exactamente lo que están intentando hacer —dijo Crucious.

Algunas sonrisas desaparecieron.

—Fuera de Nicklefleak nadie tendrá la obligación de cooperar con ustedes. Nadie detendrá una espada porque hayan ejecutado mal una maniobra. Nadie repetirá una emboscada para que comprendan dónde se equivocaron.

Caminó lentamente frente a la primera fila.

—Sus armas pueden proteger una vida. También pueden terminarla. Si algún día comienzan a disfrutar más de la segunda posibilidad que de la primera, habrán olvidado por qué llevan una.

Su mirada recorrió nuestras filas.

—No existen para ganar batallas.

Dejó pasar un instante.

—Existen para conseguir que alguien regrese de ellas.

Nadie respondió.

No hacía falta.

Al otro lado de la explanada, Agnes hablaba con los futuros Sanari. No podía escuchar todas sus palabras, pero el viento trajo algunas hasta nosotros.

—…no les pedirán que lo sepan todo…

Crucious siguió caminando.

—Durante el primer año ninguno viajará solo. Cada Ardatar será emparejado con un Sanari. Su compañero no es una carga. Tampoco una orden que camina.

Alguien detrás de mí soltó una respiración nerviosa.

—Aprenderán a proteger a alguien que puede no estar de acuerdo con ustedes.

Eso provocó algunas miradas entre nuestras filas.

Crucious las vio.

—Sí. Sé que para algunos será la parte más difícil.

Varias risas contenidas rompieron por un instante la solemnidad.

Incluso él pareció a punto de sonreír.

Al otro lado de la explanada, Agnes terminó de hablar.

Los futuros Sanari hicieron una reverencia.

Fue entonces cuando la vi.

Estaba entre las primeras filas.

Cabello castaño oscuro, casi lacio salvo por algunos rizos ligeros junto a las sienes. Tez clara, salpicada por pequeñas pecas, y unos ojos color miel que parecían incapaces de permanecer demasiado tiempo sobre una sola cosa.

Mientras los demás observaban a Agnes, ella miraba los cofres que dos asistentes acababan de colocar en el centro de la explanada.

Después miró a los Ardatar.

Después los cofres otra vez.

Finalmente me descubrió observándola.

Nuestros ojos se encontraron.

No apartó los suyos.

Yo tampoco.

Agnes dio una palmada.

—Bien. Ya que todos parecen mucho más interesados en descubrir con quién tendrán que soportarse durante el próximo año que en escuchar otro discurso, podemos continuar.

Las risas esta vez fueron inevitables.

Dos asistentes retiraron las cubiertas de los cofres.

Dentro había sobres.

Muchos.

Crucious se colocó junto a Agnes.

—Cada uno recibirá un nombre —anunció—. No habrá cambios, intercambios ni reclamaciones.

—Y antes de que alguno pregunte —añadió Agnes—, sí, fueron distribuidos al azar.

Un murmullo recorrió ambas filas.

La muchacha de ojos miel volvió a mirar hacia nosotros.

Por la expresión de su rostro, la noticia no parecía entusiasmarla.

Eso me hizo sonreír.

Todavía no sabía su nombre.

Ella tampoco conocía el mío.

Pero dentro de uno de aquellos sobres se encontraba la persona con la que abandonaría Nicklefleak.

Por primera vez aquella mañana dejé de mirar las tormentas.

Agnes fue la primera en acercarse a los cofres.

Introdujo una mano y extrajo un sobre.

Crucious hizo lo mismo.

—Cuando reciban el suyo, no lo abran todavía —ordenó—. Esperarán hasta que todos tengan uno.

Los Maestres comenzaron a recorrer las filas.

Desde mi lugar podía observar cómo cambiaban las expresiones de quienes recibían su sobre. Algunos intentaban adivinar el nombre por el peso, como si unas cuantas letras pudieran inclinar el papel. Otros lo sostenían con ambas manos y evitaban mirar a la fila contraria.

Uno de los Ardatar levantó el suyo hacia la luz.

Crucious se detuvo.

El muchacho lo bajó inmediatamente.

Agnes continuó caminando como si no hubiera visto nada.

—Cinco años de entrenamiento —comentó— y todavía necesitamos explicar para qué sirve un sobre.

Varias personas rieron.

Crucious no.

Aunque vi cómo movía ligeramente una ceja.

Cuando Agnes llegó frente a mí, sostuvo el sobre durante un instante antes de entregármelo.

—Merringer.

—Maestre.

Sus dedos no lo soltaron.

—Lo que encuentres ahí dentro no es una misión.

Miré el sobre.

—Lo sé.

—Todavía no lo has abierto.

—Me refería a la persona.

Agnes sonrió y finalmente me lo entregó.

—Entonces procura recordarlo.

Continuó hacia el siguiente aspirante.

No abrí el sobre.

Al otro lado de la explanada, Crucious avanzaba entre los Sanari. La muchacha que había llamado mi atención esperaba su turno entrelazando los dedos frente a ella.

Cuando el Maestre se detuvo ante ella, dejó de hacerlo.

Recibió el sobre con ambas manos.

Crucious le dijo algo que no pude escuchar.

Ella levantó las cejas.

Él continuó caminando.

Volvió a mirar el sobre.

Después hacia nosotros.

Nuestros ojos se encontraron por segunda vez.

Esta vez fui yo quien apartó la mirada.

—Muy bien —anunció Agnes cuando los últimos sobres fueron entregados—. Ahora pueden abrirlos.

El sonido del papel recorrió la explanada.

Rompí el sello.

Había un único nombre escrito en el interior.

Daisy Marie Dockstand.

Lo leí otra vez.

Dockstand.

Levanté la vista.

No sabía cuál de todas las jóvenes era ella.

Crucious comenzó a explicar el procedimiento.

—Los nombres serán anunciados en voz alta. Cuando escuchen el suyo, avancen hasta el centro de la explanada. Encuentren a su compañero y permanezcan juntos hasta que reciban instrucciones.

Las primeras parejas comenzaron a formarse.

Un Ardatar anunció:

—Amaranto Devious.

Desde la fila opuesta una muchacha respondió:

—Edna Verant.

Se encontraron en el centro entre algunos aplausos. El joven desenvainó unos centímetros la espada, la presentó frente a ella y volvió a enfundarla.

—Presumido —murmuró alguien detrás de mí.

—Tradicional —corrigió otro.

La siguiente pareja provocó algunas risas nerviosas. Agnes tuvo que mirar hacia uno de los responsables para recuperar el silencio.

Poco a poco las filas fueron reduciéndose.

Familias enteras se adelantaban para abrazar a los nuevos Andantes antes de que abandonaran la explanada. Algunos padres lloraban. Algunos jóvenes también.

Otros intentaban fingir que no.

Yo seguía buscando el rostro correspondiente al nombre de mi sobre.

Entonces la escuché.

—Daisy Marie Dockstand.

La muchacha de los ojos color miel había dado un paso al frente.

Por supuesto.

Bajó la mirada hacia su propio papel.

Durante un instante su expresión cambió.

—William Merringer.

Sentí varias miradas sobre mí.

Avancé.

Ella también.

Nos encontramos a mitad de la explanada.

Por primera vez pude verla sin una fila de personas entre nosotros. Era ligeramente más baja que yo. El broche con la figura de una oveja todavía no adornaba su ropa; seguía siendo una aspirante, igual que yo.

Sus ojos descendieron hacia la espada en mi cintura.

Después regresaron a mi rostro.

—Así que tú eres William Merringer.

No parecía una pregunta.

—Y tú Daisy Marie Dockstand.

—Eso parece.

Extendí la mano.

Daisy la observó un instante antes de estrecharla.

—Un placer conocerte.

—Todavía no lo sabemos.

La miré.

Ella sonrió.

No pude evitar hacerlo también.

—Dockstand. Merringer.

La voz de Crucious nos obligó a separarnos.

Él y Agnes permanecían junto a uno de los cofres. La mayoría de las parejas ya había abandonado el centro de la explanada, pero algunos aspirantes seguían allí.

—Quienes todavía no han sido llamados —dijo Crucious— pueden guardar sus sobres.

Uno de ellos levantó la mano.

—Maestre, el mío está vacío.

—Lo sé.

El muchacho palideció.

Agnes tomó la palabra.

—Durante la ceremonia de preparación algunos consideraron divertido no cumplir las tareas asignadas. Otros decidieron que llegar tarde era una forma de expresar independencia.

Varias miradas se dirigieron hacia los pocos que permanecían sin compañero.

—Tendrán un mes adicional para reconsiderar cuánto desean convertirse en Andantes —continuó—. Durante ese tiempo ayudarán en las cocinas, los almacenes y las labores de mantenimiento de Omaken.

—Eso no es justo —protestó alguien.

Crucious lo miró.

El muchacho bajó la cabeza.

—Añadan los establos —dijo el Maestre.

Agnes suspiró.

—Crucious.

—Ha solicitado una oportunidad adicional para reflexionar.

Una carcajada escapó de Daisy.

Intentó convertirla en tos.

No funcionó.

Agnes la miró.

Daisy adquirió de inmediato una expresión impecablemente seria.

Yo observé hacia otro lado antes de que alguien notara que también estaba sonriendo.

—Dockstand. Merringer —repitió Crucious.

Esta vez su tono no admitía distracciones.

Nos acercamos.

Un asistente depositó frente a nosotros una caja de madera.

No era particularmente grande. Dos correas de cuero la rodeaban y, sobre la tapa, el escudo de Omaken había sido grabado junto al sello que impedía abrirla.

Daisy se inclinó ligeramente.

—¿Qué contiene?

Crucious me miró.

Después la miró a ella.

—Me alegra comprobar que al menos uno de los dos pregunta antes de aceptar una carga desconocida.

Sentí que Daisy contenía otra sonrisa.

—Deberán llevarla hasta Woodsack —continuó—. Allí recibirán instrucciones para entregarla.

Miré la caja.

—¿Quién será nuestro contacto?

—Lo sabrán cuando lleguen.

—¿Y el contenido?

—No necesitan conocerlo.

Daisy levantó una ceja.

—Eso hace que quiera conocerlo mucho más.

—Lo imaginé —respondió Agnes.

Se acercó y apoyó una mano sobre la tapa.

—El sello permanecerá intacto.

Daisy suspiró.

—También imaginé eso.

Me agaché y comprobé las correas.

La caja no parecía especialmente pesada.

—La llevaré.

Daisy puso una mano sobre una de las asas.

—La llevaremos.

—Puedo cargarla.

—No he dicho que no puedas.

Tiró ligeramente del asa hacia ella.

Yo no la solté.

Agnes observó nuestras manos.

Crucious también.

Ninguno intervino.

Finalmente dejé el asa.

—De acuerdo.

Daisy levantó la caja apenas unos centímetros.

Su expresión cambió.

—Es más pesada de lo que parece.

—Puedo cargarla.

Me dirigió una mirada que decía exactamente lo que pensaba de mi comentario.

—He dicho que es pesada, no que necesite que me rescates de ella.

Crucious carraspeó.

—Llevan juntos menos de cinco minutos.

—Cuatro —precisó Agnes.

—Prometedor.

Daisy dejó nuevamente la caja en el suelo.

Esta vez ambos tomamos un asa.

Crucious nos observó durante unos segundos antes de hablar.

—La caja es una responsabilidad adicional. No es la principal.

Miré hacia Daisy.

Ella hizo lo mismo.

—Su prioridad es regresar —continuó—. Los dos.

Agnes añadió:

—Y procurar que durante el camino haya algunas personas que estén un poco mejor por haberlos encontrado.

No hubo ceremonia en aquellas palabras.

Precisamente por eso las recordé.

Crucious hizo un gesto hacia la salida de la explanada.

—Vayan a despedirse de sus familias. El corredor no permanecerá abierto para siempre.

Daisy volvió la cabeza hacia la multitud.

Sus ojos encontraron inmediatamente a alguien.

Sonrió.

Yo no tuve que buscar a nadie.

Agnes permanecía a pocos pasos.

Crucious también.

Daisy dio dos pasos antes de darse cuenta de que yo no la seguía.

Miró primero hacia mí.

Después hacia ellos.

No preguntó.

Agradecí que no lo hiciera.

—Nos encontramos aquí cuando terminemos —dijo.

—No tardes.

Su expresión cambió de inmediato.

—Acabas de conocerme.

—Y el corredor continúa cerrándose.

—Cuatro minutos —murmuró Agnes detrás de nosotros.

Daisy la escuchó.

—Cinco —corrigió, y se alejó hacia su familia.

Fin del fragmento gratuito — no del capítulo. La historia continúa.
Dockstand · Volume I

La travesía apenas comienza.

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© 2026 Steven Leo Lee. Fragmento autorizado del primer encuentro; el capítulo continúa en la edición completa. Todos los derechos reservados.